Innovar no es una opción: es la única forma de que los jóvenes tengan futuro


Juan Camilo Mesa Jaramillo, Rector de Global University
Durante años repetimos que los jóvenes son el futuro. La frase suena bien, tranquiliza conciencias y adorna discursos. El problema es que el futuro ya llegó, y nos tomó discutiendo el pasado.
Hoy nuestros estudiantes no compiten solamente con el egresado de la universidad vecina. Compiten con algoritmos, con inteligencia artificial que aprende más rápido que cualquier plan de estudios, con mercados laborales globales que contratan talento sin preguntar en qué ciudad vives, y con crisis ambientales que no admiten prórrogas académicas.
Frente a ese escenario, seguir educando como hace veinte años no es prudencia: es irresponsabilidad.
La conversación pública en Aguascalientes suele girar —con razón— en torno a atracción de inversiones, nearshoring, crecimiento industrial y empleabilidad
Pero pocas veces nos detenemos a preguntar si estamos formando a los jóvenes capaces de liderar esa nueva economía o si únicamente los estamos preparando para obedecerla.
Un modelo basado en la repetición produce ejecutores eficientes. Un modelo basado en innovación forma personas capaces de crear valor, anticipar cambios y construir soluciones donde otros sólo ven problemas. Y en tiempos de volatilidad política, transformación tecnológica y presión ambiental, esa capacidad se vuelve un activo social, no sólo empresarial.
Innovar tampoco significa romantizar el emprendimiento ni pensar que todos deben fundar una startup. Significa desarrollar criterio, pensamiento crítico, colaboración interdisciplinaria y responsabilidad ética sobre el impacto de las decisiones. Significa entender que cada avance tecnológico trae consigo preguntas humanas que no pueden ignorarse.
Los jóvenes lo saben. Viven con una claridad brutal sobre la fragilidad del mundo que habitarán: empleos que desaparecerán, recursos que se agotan, instituciones que se cuestionan. Por eso exigen algo distinto. No quieren únicamente un título; quieren herramientas para influir en la realidad.
Ahí es donde la educación superior se juega su legitimidad.
Si las universidades no somos capaces de convertirnos en plataformas de experimentación, laboratorios de ideas y puentes reales con la sociedad, perderemos relevancia. Y cuando una universidad pierde relevancia, la pierde también la comunidad que depende de ella para imaginar su futuro.
Aguascalientes tiene una oportunidad extraordinaria. Su tamaño permite articular gobierno, empresa y academia con una velocidad que las grandes metrópolis envidian. Pero para lograrlo debemos abandonar inercias, asumir riesgos y confiar más en la capacidad transformadora de nuestra juventud.


